Sección Argentina

2.- Herramientas para la cobertura de la violencia de género

El uso de figuras estereotipadas para valorar el desempeño de la mujer en cualquier ámbito (comportamiento, actitudes, vestuario), la insólita tendencia a nombrarlas por su nombre de pila o apodo (Lilita, Cristina) aún en circunstancias trágicas (María Marta, Norita), la descalificación explícita de algunas víctimas de violencia (“Asesinan a dos prostitutas”), son algunos de los numerosos ejemplos que abonan la perspectiva con que se aborda actualmente gran parte de la información que tiene a las mujeres como sujeto.

Crónicas sobre violencia machista que ponen énfasis en datos que desvían la atención sobre la verdadera criminalidad del hecho, tales como si la mujer usaba escotes, polleras cortas, salía sola con frecuencia; informes que las identifican según su nacionalidad, edad, aspecto físico, seudónimo; indagaciones sobre su vida privada buscando posibles relaciones con terceros y un peligroso énfasis en la pesquisa policial sobre las últimas horas de la víctima, terminan por invertir la carga de la prueba y revictimizar a las mujeres, invisibilizando muchas veces el verdadero móvil del delito: la violencia de género.

Asesinatos como el de Nora Dalmasso, estrangulada a fines de 2006 en su casa de Río Cuarto (Córdoba), a partir del que se llegaron a  poner en venta remeras con inscripciones alusivas a una supuesta promiscuidad sexual de la víctima y cuya comercialización fue tomada como “noticia” por los medios, ilustran emblemáticamente sobre el sexismo con que algunos crímenes machistas fueron abordados por los medios de comunicación.

Estas prácticas malintencionadas o no, pero siempre discriminatorias, consiguen el efecto siguiente: inducir en la opinión pública la idea del “nosotros” y “ellas”, siendo las mujeres un colectivo “ajeno” para el lector y, por ende, con características, aciertos, errores y reivindicaciones también “ajenas”.

Abordar los hechos y seleccionar las noticias desde esta perspectiva aísla a las y los periodistas de su rol como actores sociales en lo que a la defensa de la vida y los derechos humanos de las mujeres se refiere. En este aislamiento caen –justo es decirlo- periodistas de ambos sexos.

¿Y cómo evitarlo en el día a día?

 En los primeros meses de 2009, fecha de la elaboración de este Manual, no se cuenta en los escasos Manuales de Estilo de medios periodísticos argentinos con pautas para encarar el tema. Periodistas de Argentina en Red por una comunicación no sexista (PAR) elaboró en 2008 un Decálogo para el tratamiento periodístico de la violencia contra las mujeres, que se ha convertido en una herramienta valorada por profesionales de la comunicación de Argentina, y que ha sido traducido al inglés, francés y árabe por iniciativa de periodistas españolas (14).

Otras muchas buenas y valoradas iniciativas individuales ayudan a realizar un tratamiento basado en derechos, inclusivo y que propicia la concientización. En países hispanohablantes –sobre todo en España-  existen otros decálogos, protocolos y manuales para periodismo en el tratamiento de la violencia de género, como los materiales elaborados, por ejemplo, por el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) o Radio  Televisión Española (RTVE).

Argentina recién está comenzando. Medios y periodistas, junto al aporte de organizaciones de la sociedad civil, del movimiento de mujeres y de especialistas en la temática, pueden generar consensos para el adecuado tratamiento de la violencia.

Aquí, se presentan algunas ideas que podrán generar debates, aceptaciones, rechazos e interpelaciones que serán bienvenidos, pues por algo se debe comenzar.


(14) Ver Anexo 1 de este Manual

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